domingo, 5 de julio de 2026

CHARLA SOBRE EL LIBRO DE MARÍA TERESA PÉREZ “BARRIO Y VIDA URBANA - POPAYÁN 1920-1983”

 

CHARLA SOBRE EL LIBRO DE

MARÍA TERESA PÉREZ

“BARRIO Y VIDA URBANA - POPAYÁN 1920-1983”

 

Por Guillermo Pérez La Rotta

Febrero de 2024

 

Esta charla fue presentada en el evento de lanzamiento del libro de la profesora María Teresa Pérez, en el cual compartimos con el profesor Roberto Gallón en torno a esta publicación. El comentario sigue el desarrollo del texto y propone interpretaciones sobre el devenir y análisis realizado por la profesora acerca de la ciudad, desde varios aspectos relevantes: los partidos tradicionales, modernización o modernidad, los indígenas y los barrios populares, la Violencia, el Frente Nacional, y el terremoto de 1983.




Escribe María Teresa que la rememoración del pasado siempre se hace desde un lugar y un tiempo, y con ello, a partir de alguna intención, que siempre tiene que ver con el presente de quien rememora en algún sentido práctico, “puesto que los verdaderos recuerdos no deben dar cuenta del pasado, como describir precisamente el lugar en el que el buscador tomó posesión de él”. (Walter Benjamín. Pérez. 19-20). La autora hace este planteamiento en función de las múltiples opiniones que surgieron luego del terremoto de 1983, de personas que hacían juicios sobre el futuro de Popayán. Sobre todo, se decía: “Popayán no fue la misma después del terremoto” (Pérez 19). Entonces, el pasado representa un mundo que se valora en función de su posible unión práctica e ideológica con el presente en curso. Depende pues, de quién hace la rememoración. ¿Cómo entonces se jugaban diversas posiciones en esa época sobre el futuro de la ciudad? ¿Bajo qué presupuestos proponían unos algo y otros quizás lo contrario? Este cuestionamiento se refiere a las posiciones contradictorias, o no convergentes, de quienes juzgaban sobre el futuro de la ciudad. Y lo era en función de la manera como unían su pasado con el presente. Para la dirigencia, se trataba de reconstruir otra vez “los escombros de la casa grande para encontrar la seguridad y la protección” (Pérez 20), y para muchos otros se trataría de tener un techo por primera vez, y para otros, de construir una ciudad más tolerante y democrática. Todo esto supone el valor político de los recuerdos de un colectivo y de sus partícipes en contradicción. Vamos a recorrer algunos momentos del libro de María Teresa, con la mirada atenta hacia la pregunta por la relación constructiva entre el pasado, el presente y el futuro, siguiendo el curso del texto de la profesora y deteniéndonos en algunos hitos, en la relación entre la ciudad y sus barrios.

1

Los dos partidos tradicionales de Colombia

El desarrollo urbanístico de Popayán se puede considerar a partir de la influencia de los dos partidos políticos tradicionales, que, desde dos visiones de mundo aparentemente opuestas, determinaron la vida social de la ciudad y generaron debates políticos, culturales y también la violencia de mitad del siglo XX. María Teresa caracteriza esta confrontación indicando los intereses fundamentales de esos partidos en su posible referencia a la modernización y la modernidad cuando se inicia la república liberal en 1930:

“Los conservadores combatieron a los gobiernos liberales bajo la idea de que había una ofensiva de los masones y ateos contra la religión, la familia y la propiedad privada, y los liberales formaron un programa con reivindicaciones obreras y la universalización del sufragio. Esto último le dio acogida al liberalismo en las ciudades”. (Pérez 94).

Para una ilustración de las concepciones ideológicas de los partidos nos remitimos al historiador Daniel Pecaut, que en nuestra opinión nos da enfáticamente la diferencia entre los dos partidos, para efectos de lo que significó el conflicto entre ellos y su posible incidencia en Popayán, así como la violencia que continuó hacia la segunda mitad del siglo XX. Escribe Pecaut en su libro Orden y violencia 1930-1953, que el retorno del fundamentalismo conservador a inicios de los años treinta, fue una reacción del clero y el partido conservador contra el intento liberal de hacer cambios en la constitución nacional, que buscaban instaurar un estado civil más independiente de la religión. Se trataba de que la iglesia católica dejara de ser garante del orden social y político, Dios desaparecía del preámbulo, se postulaba libertad de conciencia y de cultos (Pecaut 277) y no la simple tolerancia ante otras creencias, el poder público tenía prerrogativa de inspección sobre la educación, antes monopolizada por la iglesia, y en general daba fuerza a la ley civil (Pecaut 278). En conjunto, este corpus reformista significaba que el poder público cesaba de basarse en los valores religiosos trascendentales, y que ahora debía emanar de la sociedad, en la mira de realizar un pacto social desde un punto de vista democrático (Pecaut 278). Todo este programa liberal era un sacrilegio para la iglesia católica y una provocación deliberada para el partido conservador. (Pecaut 279)[1].

Entendido esto, quizás podemos ver la significación de esa reforma, que en cierta forma, según Pecaut, suponía de alguna manera socavar precisamente el poder político del conservatismo, que estaba cifrado eminentemente en una trabazón entre la iglesia católica y el partido fundado por Caro y Ospina en el siglo XIX (Pecaut 281), en el siguiente sentido que a mi parecer da claves sobre la supuesta Popayán arcádica[2] y jerárquica de la época:  afirma Pecaut, que según el sociólogo Émile Durkheim, la unión entre lo religioso y lo político, como un componente autoritario, implica “un orden solidario de creencias y prácticas relativas a cosas sagradas, es decir, creencias y prácticas que unen en una misma comunidad moral, llamada Iglesia, a todos los que adhieren” (Pecaut 281).

 

    La Arcadia sería un pueblo de paz idílica entre sus habitantes y en armonía con la naturaleza


Esta concepción religiosa, así especificada, era el soporte del partido conservador y su subcultura, y, por lo tanto, otorgaba a ese partido un enfático poder político, como fachada y consecuencia de los valores religiosos. (Pecaut.281)[3]. La reforma constitucional del liberalismo tuvo entonces una reacción eclesiástica: los prelados de la Iglesia católica afirmaron públicamente que la libertad de cultos era libertad del error (Pecaut 279), y que emanar del pueblo a la nación era dar el poder de “hacer y deshacer” a ese pueblo. Lo cual riñe con “lo que Dios manda”, que parece ser la ley eterna y natural. Luego de los avances constitucionales liberales, algunos líderes del partido conservador formaron asociaciones paramilitares (Pecaut 280) como la “Alianza para la fe” y “La tradición de Medellín”, y surgió un ala fascista de ese partido.

En este contexto, si consideramos a Popayán y su desarrollo urbanístico y cultural, encontramos que los líderes de la ciudad y el pueblo en general protagonizaron desde esas dos corrientes partidistas, eventos, debates e iniciativas que definían modos de ser, y también, un universo permanente de conflictividad, ilustrado por María Teresa Pérez de diferentes maneras, pero en especial, cuando comenta lo sucedido en Popayán el 9 de abril de 1948 (Pérez 134). Pero fundamentalmente en los signos de homogenización que se percibían en la Arcadia armónica que postulan las élites en sus representaciones, como lo memorioso celebrado en el centenario de la ciudad, que desemboca en el cuadro “La apoteosis de Popayán” ubicado en el paraninfo, y el poema de Guillermo Valencia que lo encierra en letras talladas en el mármol.

El debate sobre modernización / modernidad estaba mediado por esas dos visiones de mundo, que incidían en los imaginarios culturales, las identidades ciudadanas y personales, y el sentido de la vida en la ciudad. Al referenciar la publicación titulada “Satanás”, que tuvo protagonismo en aquella época, la autora da lugar a caracterizaciones típicas de personajes alrededor de idearios liberales o conservadores (Pérez 112); un ejemplo es el comentario sobre Álvaro Pío Valencia, en un texto escrito en esa revista, caracterizándolo en primera persona del singular:

“Medularmente godo, hoy hago el papel de liberal-lopista-izquierdista—socialista-comunista-cooperativista (…) Nadie cree en mi liberalismo aquí en Popayán, ni menos en los pueblos en donde a cada rato se pone en duda la sinceridad de mi opinión política” Pg. 112. Texto de 1943.

O la alusión al clientelismo, la lambonería (Pérez 106), y la diferencia abismal entre un líder político y un campesino (Pérez 111), pues el primero está en la cumbre de la escala social y el segundo es un súbdito de aquel. En otra nota “Satanás” explica de forma a la vez teológica y satírica el disenso como algo natural, y la significación que puede tener el infierno como lugar de residencia de los que pierden el poder o son simplemente marginados, “rojos, masones, descreídos, santistas o godos rezanderos…” (Pérez 114). Y se explica el cielo como un lugar supraterrenal y maravilloso, hasta que un ángel hizo disidencias allí. Es decir, las disidencias surgen en el ámbito teológico y trascendente que ha caracterizado Pecaut. En el cielo se da lo totalitario y la perfección, dice el periódico “Satanás”. Entonces vendrán luego muchas disidencias frente a ese orden celestial, como la de la Regeneración, el Republicanismo de los Santos, o la facción conservadora de Laureano Gómez y Arango Vélez. Se trata de lo político interpretado claramente desde el simbolismo religioso y su sentido trascendental y sagrado (Pérez 114.Texto de “Satanás” del año 1943). En sus efectos sociales y políticos, Popayán avanza o retrocede de la mano del control de lo público por los dos partidos y su clientelismo (Pérez 90). Lo que fue la ciudad dependió entonces de las jerarquías y subordinaciones de clase que se segregaron y reeditaron a lo largo del tiempo. Veremos algunos ejemplos de ello en estas notas. 


Detalle del tríptico de la Caja Agraria en Popayán, en el cual el pintor y muralista Augusto Rivera Garcés representa la lucha de conquista española contra los habitantes originarios del Valle de Pubenza

2

Modernidad vs Tradición

La autora refiere a la década de los años treinta cuando fue rector de la Universidad del Cauca César Uribe Piedrahita (1896-1951)[4] y estudió en Popayán Antonio García Nossa (1912-1982)[5] (Pérez 95-96). Es importante esta mención porque caracteriza lo que venimos postulando. Los dos personajes eran hombres que tenían una mentalidad moderna, por un lado, como una concepción de las ciencias sociales (García), y también, desde la idea integradora y práctica de las ciencias naturales y sociales que, según Uribe Piedrahíta, debería tener la universidad. Y estos dos aspectos no son menores, pues refieren a un sentido de la vida social y educativa, que pugnó por desarrollarse en la ciudad frente a los imaginarios conservadores y hegemónicos (Pérez 78 y 96). Al respecto citamos aquí un fragmento de la tesis de maestría de Sandra Patricia Navia: Modernidad en Popayán: debates estéticos, políticos y etnográficos que transformaron la dimensión cultural del territorio caucano. 1930-1953, que es ilustrativo sobre el papel renovador que adelantaron estos dos personajes en la ciudad de Popayán. Según Navia, como estudiante entre 1932 y 1938 García:

 “fundó las revistas Universidad del Cauca, Masas y Pan, está última en asocio con Enrique Uribe White (...) la Revista Universidad del Cauca, estableció una amplia red editorial con sindicalistas, movimientos estudiantiles, científicos sociales y humanistas e indigenistas. Debates nacionales y mundiales que fortalecieron el pensamiento autónomo de “La Trinca”, del Centro de Estudios Marxistas y de la Liga Indígena, la Federación Nacional de Estudiantes, todos proyectos de García encaminados a la lucha por la autonomía regional” (Navia 67).

 

                                                     Antonio García Nossa


El trabajo conjunto entre García, “La Trinca” y el rector de la Universidad del Cauca fue fundamental para consolidar el pensamiento ideológico enraizado a través de la movilización de discursos socialistas, sindicalistas y vanguardistas desde la prensa institucional. El rector Uribe Piedrahita, escritor, científico, médico, profesor, y parlamentario, fue la bisagra del pensamiento socialista de García y de su lucha por la autonomía regional consolidada a través del movimiento cultural y político “Occidentalismo”. Al considerar concepciones como las de García y Uribe Piedrahita, encontramos entonces que la identidad de la ciudad, estaba por lo menos mediada o dispersa entre el debate de algunas emergencias modernas y el estatus conservador o liberal. Y el ejemplo ilustrativo de esto puede ser la creación y mantenimiento de los barrios que nacían o se reformaban, así como las realizaciones urbanísticas.


                                                  César Uribe Piedrahita 


3

Modernización urbana / Pueblos de Indios

Es así como para la celebración del centenario de la ciudad en 1937 se propone hacer edificaciones para familias de obreros, la construcción de un hospital, la terminación de un pavimento, pero junto con ello un monumento a Sebastián Belalcázar, el arreglo del paraninfo y del panteón de los próceres. Esto último implicó el encargo de realizar el cuadro que hoy reposa en el paraninfo titulado “Apoteosis de Popayán” que tipifica de forma eminente la visión ideológica de la Arcadia feliz y armoniosa, encerrada por los versos de Guillermo Valencia. Pero frente a los monumentos proyectados o reformados, estaban los barrios para los trabajadores, y la cuestión de la edificación de casas para empleados, y este horizonte urbanístico define el libro de María Teresa Pérez, desde varias aristas, en el esfuerzo de la autora por hacer un detallado seguimiento a estas realizaciones, así como las limitaciones que encontraron las clases subalternas para tener un techo digno, por lo menos hasta llegar al terremoto de 1983.  Escribe María Teresa:

“Afianzar la memoria pública como agencia educativa y cultural fue uno de los pilares de la celebración (del centenario de la ciudad. Nota nuestra) (…) De todas maneras, queda la sensación de que, más allá de los síntomas sociales más visibles de los treinta, estos, de forma creciente, fueron quedando aprisionados entre el cemento y el monumento” (Pérez 104).


Fotografía del Barrio Modelo

Y entonces, durante el siglo XX el crecimiento de los barrios estará signado por las limitaciones presupuestales de lo público, que son endémicas en la historia de la ciudad, por las correspondientes peticiones y luchas de trabajadores y artesanos para tener una casa y un barrio, sometiéndose siempre al clientelismo, y por las ejecutorias parciales desde lo público y lo privado, que van dando un rostro a los barrios populares, como satélites alrededor del sector histórico, que en su simbología une a todos bajo una misma visión conciliadora, y ello contra las evidencias sociales, culturales y políticas que niegan aquella supuesta armonía. Y más bien son explicitadas por la autora del libro con documentos periodísticos que muestran la segregación clasista y racista que se produce a lo largo de las décadas.

Imaginan algunos comentaristas citados, una ciudad heroica, histórica y arcádica, pero a la vez, saben que la marginalidad no coincide con ello, y la gente de bajos recursos es estigmatizada como añadido a la segregación clasista. Primeramente, constatamos que la producción de la ciudad y su espacio, como un efecto buscado de la modernización, implicó la des-ruralización parcial de localidades (Pérez 79-81) hacia la constitución de barrios, calles, redes eléctricas, ferrocarril, o acueducto. Y esto a su vez implicó la disolución de las parcialidades de indios, como La Yunga, Figueroa, Mercedes, Cajete, Calibío, Calicanto Julumito, Puelenje, Yanaconas y Pueblillo. (Pérez 79) BUSQUE FOTOS Tal integración espacial podría suponer que esas localidades heredadas de la Colonia evangelizadora y esclavista de los “Pueblos de Indios”, que servían al “centro urbano” de los señores, serían integradas verdaderamente dentro de un proceso moderno. Pero en realidad la formalidad urbanística mantuvo la segregación, pues “no todos tenían acceso a la ciudad” modernizada, y “solo unos pocos podrían lograrlo” (Pérez 82).


Indígenas reunidos para realizar algún evento en el seno de su parcialidad 

Tal situación nos lleva a distinguir “modernización” de “modernidad”, la primera como desarrollo físico y económico de la ciudad, en términos desiguales, incluso de constante marginalidad ante la opulencia; y la segunda, como mentalidad y acción colectiva donde el ciudadano participa con efectivo reconocimiento desde lo cultural, lo político y lo económico. Y para el caso de Popayán este último sentido distó mucho de ser realizado en las proporciones que afirmarían el valor democrático y participativo. El indígena continuó siendo para las aristocracias hegemónicas y sus seguidores, el Otro marginal y negado. María Teresa señala el conflicto permanente que hubo entre los señores de Popayán y los indígenas, que proviene del siglo XIX, y entonces reseña la batalla entre Guillermo Valencia y su cuñado Ignacio Muñoz contra Quintín Lame (Pérez 74-75):

“Fue en una de las haciendas de Muñoz donde el “indio” Manuel Quintín Lame hizo mayor conciencia de los efectos que tenía la expansión de la ganadería. Ésta amenazaba la agricultura de los pequeños propietarios indígenas, e impulsaba la disolución legal o violenta de los resguardos aún existentes bajo la presión de hacendados y latifundistas que acentuaba, en el seno de las haciendas tradicionales, la explotación de aparceros y terrazgueros obligados a trabajar para el propietario a cambio del derecho a sembrar una pequeña parcela” (Pérez 75).

En otro lugar indica ella la procedencia económica y material de la mentalidad de Guillermo Valencia. En sus datos autobiográficos dice el poeta que don Joaquín, su abuelo,

“no era rico, porque la libertad de esclavos llevó a la bancarrota la industria minera de mis abuelos; y vivíamos, por tanto, con provinciana modestia, en un viejo caserón payanés, de esos genuinamente españoles, ajenos a todo ornamento y mueble superfluo”. Metáfora ésta de la misma ciudad. (Pérez 69).

Nosotros, como complemento a lo escrito por María Teresa, citamos a Quintín Lame valorando su batalla contra los señores de Popayán:

“La imagen del pensamiento dos veces la conocí, y la conocí lleno de embeleso a pesar de haber pasado como pasa el relámpago que rompe el soberbio manto de la noche; el viajero de repente mira por medio de ese relámpago el traje azul con que se viste la Naturaleza. Así también conocí yo por esa imagen ya citada en el presente, después de once meses de estar incomunicado en uno de los calabozos de la Penitenciaría de Popayán, sindicado autor de 18 delitos, creados por célebres inteligencias capitaneadas por un poeta y un jurisconsulto que eran las niñas clásicas que tenía Popayán; esas niñas habían ordenado se maneara al autor de este libro con una barra de 28 libras, para que abandonara y despreciara la imagen de mi pensamiento ya antes citado, imagen que yo la miré lleno de embeleso con una fe más alta que la de moisés caudillo del pueblo de Israel (…) a estos hombres de 70 a 80 años y a esos poetas que escribieron Anarkos[6], a esos poetas que publicaron un telegrama diciendo “que mi persona era un indio de carácter horrible, pícaro, estafado, etc.”; pero no tuvieron valor civil para pararse como acusadores el día de la audiencia cuando yo personalmente me defendía en el juzgado Superior de Popayán. Pues mi fe de salvarme principiaba en dios y terminaba en dios, juez supremo de todas las conciencias humanas; Esa imagen me llenó de embeleso en embeleso, y de imagen en imagen; fenómenos que eran mis verdaderos amigos que me visitaron y me visitaban dentro del calabozo, cuando el hambre, el dolor y la tristeza me atacaban; no acepto los insultos que me hace el doctor Guillermo Valencia en su telegrama; pero si la pluma del Guillermo Valencia sirve para escribir Anarkos, la pluma del indio Quintín Lame servirá para defender a Colombia”. (Los pensamientos del indio que se educó en las selvas colombianas. 152-153).


Quintín Lame junto con su gente / Detenido en 1915


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Los barrios populares


Barrio Alfonso López


El caso del ejido del sur y el barrio obrero Alfonso López está documentado cronológicamente por la autora de esta investigación con muchas citas de diarios y comentarios periodísticos. Sobresale el hecho de que durante un largo tiempo el barrio Alfonso López fue un barrio subnormal, por carecer de alcantarillado, calles pavimentadas y servicios públicos adecuados, en una zona pantanosa que de hecho se anegó en una ocasión (Pérez 126), y por asentar a personas estigmatizadas por la sociedad. Y los reclamos de los habitantes a las autoridades clientelistas de la alcaldía y la nación, llevaban siempre a realizaciones parciales o al simple fracaso, en medio de estériles debates. (Citas: año 1932, 122-125). Sobre el estigma citamos lo siguiente:

“Vecinas de estas mujeres que habitaban las casas “insalubres” estaban otras mujeres que desde 1930, según ordenamiento de las autoridades, debían residir en el barrio de las prostitutas (…) el alcalde ordenó concentrar a estas mujeres  “entre las carreras 7 y 8 con las calles 10 y 11”. (…) “Se prohibía también su concurrencia a “los cines, teatros, y otros lugares de esparcimiento, como clubes y cantinas centrales de la ciudad” (Pérez 122-125).

Se les prohibía igualmente, transitar por las calles centrales de la ciudad, excepto los días viernes, cuando podían hacerlo libremente con el fin de realizar sus compras en el comercio o en los mercados. No podían presentarse en las calles ni siquiera en automóvil. Las sanciones anunciadas iban desde expulsión de la ciudad, hasta multas o arrestos” (Pérez 126). En otro apartado escribe la autora:

“El ejido, como escenario de los barrios antes señalados, visto desde la centralidad de la ciudad, albergaba no sólo tierras malsanas, sino gentes que afectaban la imagen de la ciudad señorial, espiritual y símbolo de la patria, que el turismo impulsaba como un destino para Popayán” (Pérez 128).


Barrio El Ejido


Por todo esto las autoridades dirigían su atención hacia las clases medias, sobre todo representadas por empleados del gobierno, el sector educativo, los comerciantes y profesionales, pues el barrio o zona para empleados era  “el que se reconocía como el conjunto más legítimo del ensanche de la ciudad, a través de sus potenciales demandas y consumos que el mercado y los valores iban imponiendo” (Pérez 128). Es decir, se prioriza la lógica del mercado capitalista de la tierra y la urbanización que podía representar una buena ciudad, mediada por la economía y los efectivos usuarios de ella, frente a los marginales que eran una vergüenza pública y tenían que ser asistidos más o menos a regañadientes por la administración pública y sus clientelas[7]. (Pérez 128)


Casa de estilo hispano-californiano


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La Violencia


El libro registra sucesos ocurridos el día de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y luego, la posterior dictadura de Rojas Pinilla. La empresa de realizar obras urbanísticas fue adelantada y ensalzada por esta dictadura: surgió la Avenida Rojas Pinilla, y el circuito de vías que se denominaría avenida Belalcázar, así como la entrega de casas del barrio El Achiral (Pérez 136). Y las mujeres tuvieron protagonismo desde los reinados y la alcaldía de la señora Josefina Valencia de Hubach. Pero eran los años de la violencia que se unió al caos institucional y se expandió por todo el país.

 

Testimonio de un lider liberal y devoto del amo Ecce Homo sobre los eventos del 9 de abril de 1948

La receta para enfrentar las causas políticas violentas o las calamidades sociales era, según la educadora Marinita Otero, la formación cristiana contra la impiedad y el egoísmo (Pérez 137). Resulta ilustrativo que la autora del libro cite las valoraciones de la señora Otero, pues sus palabras expresan una representatividad religiosa y conservadora en los medios periodísticos y públicos. En entrevista realizada por María Teresa al abogado y profesor de la Universidad del Cauca Eduardo Gómez Cerón, él comenta acerca del ambiente polarizado y represivo de la ciudad:

“…en los años cincuenta ya todo está prohibido, y las procesiones de Semana Santa empiezan a ser un espectáculo, pues no se puede hacer un primero de mayo sindicalista. Entonces se inventan la procesión porque el gobierno conservador no va a prohibir una procesión que se convierte en una alternativa a la manifestación”. (Pérez. 217).

 

La mención de estas opiniones nos da pie para volver sobre el inicio de este texto, en referencia al debate sobre la modernidad posible, y al conflicto entre liberalismo y conservatismo. Unos años antes del inicio de la década del cincuenta volvió a la ciudad el intelectual Antonio García para hacer aportes importantes en la cuestión indígena y social de Popayán y el Cauca. Las aproximaciones de Sandra Patricia Navia explican la importancia de las novedades culturales, científicas y académicas realizadas por García y otros intelectuales, que nos parecen ilustrativas frente al mismo hecho de la violencia:

“La segunda etapa de Antonio García, entre 1939 y 1945, se caracteriza por la consolidación del Instituto Indigenista de Colombia, en trabajo conjunto con Gregorio Hernández de Alba, Cesar Uribe Piedrahita, Juan Friede y otros, el cual desembocó en la estructuración de la nueva historia nacional, de la etnohistoria y de la literatura indigenista colombiana (…) El uso de métodos etnográficos, etnológicos e indigenistas le sirven a Hernández de Alba para estudiar las culturas y la organización sociopolítica del territorio. (…) Aunque el indigenismo -como orientación científica y social- encuentra antecedentes a todo lo largo de nuestra historia, su conformación es irregular y retardada. Las explicaciones de que en un país con grandes islotes indígenas y con una población campesina culturalmente indianizada se haya elaborado tan precariamente, son de orden social, económico y político, según García” (Navia 75). 

(…) “El nuevo Instituto Indigenista de Colombia, creado por estos intelectuales, permitió interactuar lo científico, lo cultural y lo social para nutrir las intervenciones institucionales y académicas de la Universidad y de la Escuela Normal Superior. Este procedimiento desembocó en tres organismos de conciencia social, el Centro de estudios marxistas y la Liga Indígena de García, y la Oficina de Asuntos Indígena de Gerardo Cabrera Moreno. El Centro de estudios marxistas educó a los resguardos indígenas en “instrumentos defensivos”. Las tres entidades se oponían a la parcelación de los resguardos promovida por gamonales conservadores caucanos (García 1945, 64). El Centro de estudios marxistas y la Liga Indígena eran de base socialista, y visibilizaron el problema indígena desde la economía, la historia, la política, la cultura y la educación. El socialismo como categoría de análisis dio las pautas para la construcción del “Indigenismo Orgánico” como ciencia social y generó formas expresivas de conciencia crítica y social en la gráfica popular” (Navia 76).

Es pues, la respuesta parcial y moderna de intelectuales que gestionan la germinación de novedades fundamentales en las ciencias sociales, frente a la tradición conservadora e ideológica de la arcadia. Menciona María Teresa la emergencia de las clases medias, producto del desarrollo de la ciudad, y lo hace al comentar el libro del antropólogo Andrew Whiteford. Ella piensa, al contrario del investigador estadounidense, que quizás en la ciudad ya había importantes movimientos de ascenso y consolidación de clases medias y acomodadas (Pérez 141, 142, 118), apuntalado esto, creo yo, por la Universidad del Cauca y los profesionales que formó esta institución a lo largo de los años[8]. Pero la autora lanza también la tesis de que esas emergencias de clase quedan a su vez homogenizadas por “una mímesis de viejas y nuevas familias, en muchos casos, expresión de cierto proceso de cooptación” (Pérez 141).

Hacemos mención de la novela El despertar de los demonios (1968), escrita por Víctor Aragón, porque consideramos que dialoga con nuestra interpretación del libro de Pérez, y en particular, desde el período de los años cincuenta. En esta novela, afirma Francisco Gómez Campillo, prologuista de la obra literaria publicada recientemente por la Universidad del Cauca, que hay en la narración de Aragón dos escenarios de la ciudad: la vieja casona colonial donde ocurren sucesos extraordinarios y escandalosos de una estirpe condenada a la tragedia, y de otro lado la universidad y su ambiente cultural y político. Estos dos escenarios polarizan y comunican conflictos de los personajes y dramas que nuevamente ponen en escena la confrontación entre el liberalismo modernizante y el conservatismo que busca la perseverancia hegemónica del pasado colonial de la ciudad. Y resulta muy interesante la disposición narrativa simbólica de la gran casona y el Alma Mater, por lo que una y otra representan imaginarios educativos, culturales y políticos. En un pasaje de la novela un estudiante conservador echa un discurso en la universidad, en momentos de crisis y revolución durante los años cincuenta:

“-Ustedes saben, queridos amigos, que yo soy un godo, porque en este país se heredan el color de los ojos, la ropa vieja y el partido político del papá. Pero muchas veces me he puesto a pensar qué estoy haciendo yo de conservador, si la mayor parte de los miembros de ese partido son mentalidades aburridoras, dormidas a la sombra de unas pocas ideas tradicionales, ideas virtuosas, bonitas, viejas y necias. Mientras el mundo avanza, esas ideas se van fosilizando más y más, y por eso mis copartidarios parecen alineados con yeso. Son estatuas vivientes que marchan siempre al mismo paso y solo saben dos o tres palabras, como esos muñecos de cuerda que dicen mamá y papá. Claro está que no todos los conservadores han de ser así, pues de otro modo yo no existiría, o no sería godo. Aquí mismo veo muchos amigos y a muchos jóvenes que se llaman conservadores, pero que han venido a engrosar este movimiento de rebeldía, de anti conservatismo, pero han venido a engrosar, del que ya están diciendo los curas que es cosa de comunistas y ateos.” ( Víctor Aragón. El despertar de los demonios. 479). 

Luego, un estudiante universitario, nos describe la represión autoritaria del ejército a los manifestantes que generaron un fugaz momento revolucionario desde la universidad, nombrando de forma popular y democrática a un rector de mentalidad liberal (Aragón 485 – 487). Al final vuelve un régimen autoritario que impone el viejo orden en la ciudad y en la universidad. Víctor Aragón pareciera inspirarse de alguna manera en Uribe Piedrahita, si tenemos en cuenta lo que dice María Teresa sobre la opinión que tenía aquel sobre el médico. En algún momento lo censura por sus ínfulas renovadoras, pero luego, cuando el rector renuncia y se va de la ciudad debido al mal ambiente que le hacen las élites, Aragón corrige su criterio y piensa que era un rector diferente a la vieja tradición. (Pérez 95-96)

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El Frente Nacional

La consideración del Frente Nacional como período posterior a la Violencia, y el acuerdo de los partidos para gobernar a Colombia, daría a la ciudad payanesa un nuevo horizonte político y social. La vivienda popular obtuvo un interés mayor por parte de la administración bajo el liderazgo de una entidad nacional: el Inscredial (Instituto de Crédito Territorial). Y se emprenderán obras urbanísticas importantes, como la construcción de plazas de mercado, el traslado de la estación del tren, el nuevo acueducto, la pavimentación de la autopista, la ampliación de la red telefónica, así como el ensanche del alcantarillado y de la hidroeléctrica La Cabrera. Retorna igualmente el reclamo de los habitantes del barrio Alfonso López (Pérez 158-159-163), y la autora indica que se repetía en esa época el déficit de vivienda como un aspecto central del orden urbano (Pérez 159). Frente a esta situación hubo emprendimientos del Inscredial en el barrio Pandiguando (Pérez 159) y en La Esmeralda (Pérez 162).

La política del gobierno nacional obedecía a las orientaciones del presidente Kennedy, que diseñó la “Alianza para el Progreso”, como respuesta a la Revolución Cubana. En ese marco, la administración de la ciudad decidió repartir mercados entre los pobres de la ciudad (Pérez 164), con el apoyo moral de la iglesia, y el activismo de las asociaciones caritativas. Entonces, concluye la autora que la respuesta a la iniciativa de Kennedy para Latinoamérica se perfiló en Popayán, respecto a las desigualdades sociales, como una empresa de caridad, y no tanto de afirmación de los derechos de los ciudadanos, con lo cual se vuelve a mediar el proceso político de una coyuntura como el Frente Nacional, desde una forma conservadora, pues había que luchar desde esta postura contra el comunismo internacional y el castrismo (Pérez 165). Pero no enteramente desde la misma orientación original del gobierno de Kennedy. Veamos por qué.

El historiador Álvaro Tirado Mejía explicó en una entrevista con la periodista María Jimena Duzán acerca de la Reforma Agraria[9], que Colombia necesita desde hace por los menos 100 años una reforma agraria. Y que la “Alianza Para el Progreso” era una política muy consciente del gobierno estadounidense sobre la necesidad de reformar la propiedad de la tierra en Latinoamérica, para generar un progreso real y moderno de la economía de nuestros países, tal y como se dio en tiempos cercanos en Japón. Sin agro desarrollado no hay progreso urbano e industrial, esa era la premisa. Y por ello resaltamos esta idea, en relación con Popayán y el Cauca, donde había, como en otras regiones de Colombia, una estrecha relación entre el campo y la ciudad, pero igualmente un desequilibrio social y económico, como rezago del viejo orden colonial y republicano. Además, como también lo ilustra Tirado Mejía, la violencia de los años 50 agravó bajo su dinámica caótica y destructiva la concentración de la propiedad de la tierra en nuestro país. Entonces, desde esa orientación de la argumentación “moderna” de los diseñadores de la “Alianza Para el Progreso”, nació el Incora (Instituto Nacional Para la Reforma Agraria), bajo leyes creadas por el gobierno de Alberto Lleras Camargo, y este gobierno, así como el de Carlos Lleras Restrepo, dieron un fuerte impulso a esta reforma, con excepción del gobierno de Guillermo León Valencia, que puso en el congelador el proceso. Y luego, con el gobierno de Misael Pastrana fenecía el esfuerzo de los gobiernos liberales.

Desde esta perspectiva ilustrada por el historiador mencionado, podemos contrastar las informaciones que entrega María Teresa en su caracterización del hálito conservador de la ciudad payanesa (Pérez 165), frente a las necesidades que se abrían como urgentes para Colombia, en busca de su progreso y de una política de paz, que nunca fue posible. Ahora, en el seno mismo del Frente Nacional, se decidió el futuro de Colombia y el Cauca desde una política conservadora, que los siguientes gobiernos liberales asumieron como propia, pues el liberalismo dejó de ser el partido reformista o modernizante que quiso ser antaño[10].

Por último, es importante resaltar que en esa época Álvaro Pío Valencia hizo un emprendimiento por iniciativa propia, desde las posesiones que su familia tenía, heredadas de Ignacio Muñoz,  para ayudar a gentes de escasos recursos a tener un techo, y para ello, como lo explica Pérez, el líder comunista motivó la adquisición de lotes-parcelas, dando facilidades de pago establecidos por él (Pérez 166). Y de otro lado, concluye esta sección del libro de la profesora explicando que durante esta época “el frente social para los pobres del que hablamos anteriormente no alcanzaba a cubrir los requerimientos de la creciente población urbana” (Pérez 174).  De acuerdo con ello la economía del pobre se repartía de muchas formas dentro de la unidad familiar, pues todos tenían que trabajar con pequeños negocios o en el servicio doméstico, entre otros; y el ideal de vivir en la ciudad seguía siendo una orientación que era difícil alcanzar, unido al ideal de la educación como medio para salir de la pobreza. La Universidad del Cauca parece ser entonces un bastión de efectivo progreso de la ciudad, pues como indica Pérez, se crearon nuevas facultades y las ciencias sociales encontraron un escenario importante de desarrollo, quizás como un eco, diríamos nosotros, de los esfuerzos anteriores de Uribe Piedrahita y Antonio García, y esto habría que investigarlo. En todo caso la universidad fue un puente para el ascenso social y la creación de una vida digna de muchos profesionales del Cauca y regiones aledañas. Pero al final de esta sección del libro, la autora cita a un comentarista conservador, quien, en 1975 hacía un análisis de la ciudad, diciendo que Popayán no era la misma de antaño porque ahora había muchos barrios, cantinas y prostíbulos, además de comercios, televisión y automóviles. Es decir, progreso en algún sentido, pero concluía que “existe una pavorosa diferencia entre la Popayán que se forjó entre humos de sabiduría y la Popayán comercial y ganadera de estos tiempos” (Pérez 176). 

Pronto la naturaleza daría a la ciudad un remezón geológico desde sus profundidades, para remover lo físico y lo social, y dar, desde la muerte y la destrucción, una nueva oportunidad de cambio y renovación a la ciudad. El libro de la profesora culmina su análisis y relato con el terremoto de Popayán, ocurrido el 31 de marzo de 1983. Queremos concluir este comentario al importante libro de María Teresa Pérez, citando apartes de la investigación doctoral en antropología del profesor de la Universidad del Cauca Felipe García Quintero sobre la ciudad de Popayán.

7

El terremoto

 


Recien ocurrido el terremoto rescatistas mueven escombros para buscar personas sepultadas bajo el derrumbe del cielo raso y la cúpula de la catedral de Popayán

En su tesis doctoral Identidad urbana y diferencia cultural. el estatuto colonial contemporáneo en Popayán. 2013, afirma García que después del terremoto surgió una ciudad diferencial y otra colonial, la primera como resultado de la movilización de ciudadanos que no tenían techo, para luchar por la creación de barrios que dieron un nuevo rostro a la ciudad, proceso que él analiza desde el punto de vista cultural y complementa con su análisis de filmes como Occidente y Crisálida[11] los cuales muestran esas nuevas realidades y empoderamientos de mujeres, en particular este último. La ciudad colonial fue la reconstrucción del sector histórico tal y como existía antes del terremoto, bajo las implicaciones de una memoria que buscaba dar realidad en el presente a ese pasado encomiado por las élites. En su tesis doctoral, García asume el pensamiento de Gustavo Wilches, que ilustra una utopía, quizás en camino de realización después de 40 años, como diferencia cultural y social frente a la tradición conservadora:

“Adicional al deseo de integración regional cuyo eje articulador fuese Popayán, la circunstancia del cambio urbano implicaba considerar también que “… si antes del terremoto, en algunos aspectos apenas estábamos saliendo del siglo XIX, hoy podemos perfectamente planear el gran salto hacia el siglo XXI” (García 283).

Y continúa García:

“… lo que se impuso fue la reedición de la ciudad colonial del centro bajo la política de memoria del “Estilo Popayán”, una ciudad separada de la Popayán diferencial por la frontera simbólica de la tradición hispánica del signo y el imaginario instituido de la Arcadia. Frente a esa ciudad colonial hegemónica Wilches (1989b: 7-4) habló de una urbe regional fundada en “la calidad de vida, basada en la satisfacción de las necesidades básicas del hombre (alimento, salud, trabajo creativo, vivienda, educación, recreación y amor) y en la existencia de un medio ambiente propicio para el alcance de las expectativas humanas, como la prioridad del desarrollo. También en el derecho al trabajo, como posibilidad de participar activamente en la generación de riqueza regional, mediante la transformación constructiva del mundo” (García 283).


                                      Destrucción en la calle tercera que culmina en la Ermita

“En todo caso sabemos que históricamente, en una importante medida el proceso de organización social de reconstrucción lo realizaron las comunidades populares de las colonizaciones intraurbanas post-terremoto, de manera autónoma y en disputa con las fuerzas desestabilizadoras del Estado que intentó socavar su fuerza, del modo que lo ratifican los testimonios citados de algunos líderes de la Coordinadora General de Asentamientos. La prueba de ello son las historias de los filmes Crisálida y Occidente, sobre los cuales el análisis desarrollado sitúa la función simbólica de la imagen audiovisual para representar el proceso de configuración urbana de la nueva ciudad creada a partir de los asentamientos que tomaron terrenos privados y que fueran legalizados como barrios luego de una ardua lucha jurídica y de reivindicación ciudadana, también considerada en este capítulo como parte relevante de la nueva memoria patrimonial y política de Popayán” (García 284).

 


 

“Lo cierto es que “El cambio se dio en todo caso, con víctimas incluidas como el asesinato de los “Luchos” (los estudiantes Luis Calderón y Luis Eduardo Solarte), para la legalización de los 33 nuevos barrios urbanizados, cuyo sostenimiento diario se funda en las artes de hacer de los jóvenes del filme Occidente, con la música y el baile subjetivados como lenguaje corporal para referir la potencia creadora de lo cotidiano” (García 284).

 

Y concluye García: “Respecto de la mirada vuelta sobre la condición letrada de Popayán cabe señalar que se le restituye a la academia el liderazgo de constituir por tradición cultural un espacio formador de valores sociales, encargando a la Universidad del Cauca para ser la entidad ejecutora del proceso de restauración y rehabilitación de una parte de la ciudad hoy erguida” (García 284).


Esta última parte del texto del autor pone de relieve nuevamente el papel de la universidad en los procesos de cambio, así como los posibles aportes culturales de las nuevas generaciones nacidas en los últimos 40 años. Esto naturalmente debería ser investigado para contrastar esa contribución. Finalmente, diremos que las palabras de García y de Wilches se relacionan con pasajes de la obra de María Teresa, tanto en la idea que hemos postulado a lo largo de nuestra lectura, sobre la existencia de una Popayán conservadora que se impone sobre la ciudadanía desde la hegemonía en conflicto de los partidos y la visión patriarcal de la Arcadia, como igualmente desde algunos de los presupuestos que toma en cuenta la autora al inicio de su libro.  Ella cita a Pedro Burgalia, quien afirma el origen filantrópico del barrio popular, pero esto luego es suplantado por la vivienda de reivindicación social (Pérez 33-34). Y esto a su vez supone el liderazgo caritativo de sociedades conservadoras, y a la postre, el cambio hacia sociedades más deliberativas y reivindicativas de los derechos del ciudadano, tal y como podemos colegir que sucedió después del terremoto. Igualmente, desde el juicio del sociólogo Manuel Castell, citado por la autora, se corrobora también el sentido transformador al que apunta las citas que hicimos de García y Wilches: la ciudad es un espacio de producción social que implica para el investigador tener en cuenta las contradicciones entre los agentes sociales, y por tanto el papel de la política como algo fundamental en el cambio urbano (Pérez 27).

Entonces, para volver al inicio de este texto surge una nueva pregunta sobre el pasado de Popayán: ¿cómo pensamos la ciudad hoy, luego de 43 años, viviendo los comienzos del siglo XXI? ¿Cómo enlazamos nuestro presente urbano en relación con el pasado para proyectarlos hacia el futuro? ¿Cuáles son las contradicciones e intereses de los agentes sociales en ese empeño? Estas preguntas, y muchas otras, darían pie para seguir reflexionando desde la constitución colombiana de 1991, las confrontaciones violentas de fin del siglo XX, el acuerdo de paz en 2016, el estallido social de abril de 2021, el primer gobierno de izquierda en Colombia, y la nueva confrontación con la ultraderecha en torno a la elección presidencial. La votación dio como ganador a Iván Cepeda en la ciudad de Popayán, con 128.296 votos contra 66.470 del otro candidato, y en el Departamento del Cauca también triunfó el Pacto Histórico, con 585.479 votos contra 176.901, lo cual indica que esta región, junto con otras de nuestra nación, tiene un arraigo de conciencia hacia el cambio frente a la tradición conservadora.  

 

Notas

1 Para efectos de nuestra argumentación, dejamos de lado otros aspectos de la reforma constitucional que se dirigía también, como lo explica María Teresa, a lo laboral, al reconocimiento de los trabajadores, y el intervencionismo económico de estado, entre otros aspectos importantes de esa reforma. Pecaut señala que en todo caso el reformismo liberal quiso también ser hegemónico, y en eso se parecía al conservatismo, pero a la vez contribuyó a contribuir a una política democrática en la nación.

 

2 Arcadia: lugar o ambiente utópico e idílico, cuyo referente era el mundo pastoril clásico. Versión del paraíso, donde viven seres sobrenaturales, según Wikipedia. Diferentes estudiosos usan el termino para referirse a la ideología de las elites payanesas, que fraguaron el mito ideológico de que Popayán en algún sentido, era una Arcadia.

 

3 Mi aproximación a la obra de Débora Arango y al filme “Cóndores no entierran todos los días”, sobre León María Lozano, confirma esta tesis. En el primer caso, por la libertad que representa la pintura de Débora frente a los valores religiosos y conservadores, y en el segundo, por la caracterización psicológica y social del Cóndor, que proviene de la novela Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazabal y se reedita de forma especial en el filme de Francisco Norden. Ver: http://culturayfilosofia.blogspot.com/2011/02/revelaciones-mundanas-en-la-pintura-de_24.html#more

Ver. http://culturayfilosofia.blogspot.com/search/label/Le%C3%B3n%20Mar%C3%ADa%20Lozano

 

4 Médico, escritor, investigador en la ciencia médica, nacido en Medellín, que dirigió la Universidad del Cauca entre 1931 y 1932, con el empeño de modernizarla académica, científica y culturalmente.

 

5 Abogado y economista que emprendió estudios y teatro experimental a favor de los indígenas caucanos, y que polemizó con el poeta conservador Guillermo Valencia, sobre la cultura y la política en Popayán. Hizo importantes estudios sobre el agro y la reforma agraria en Latinoamérica y fue un líder dentro del movimiento político de Jorge Eliécer Gaitán.

 

6 En el poema Anarkos Guillermo Valencia aborda la cuestión social signado por la doctrina social de los papas, para hacer un rodeo sobre la injusticia que perfiló el mundo moderno. La Iglesia católica pedía la redención para los obreros, pero no acertaba a calar en las relaciones de explotación capitalista que fundaban la explotación, invocando entonces una doctrina social inocua. Que en Colombia se convirtió en caridad, y en franca alianza educativa y autoritaria con la explotación capitalista de las élites emergentes burguesas, conservadoras o liberales, sobre el naciente proletariado.

7 En este sentido cita María Teresa Pérez el juicio de Pedro Burgalia (1998) que caracteriza el barrio obrero como resultado segregado de las nuevas actividades urbanas y de la consecuente proletarización de migrantes campesinos, el cual estará concebido sobre una concepción reductiva de la vida y el alojamiento urbano, y que implica combinar la filantropía la intervención de la administración pública y las organizaciones políticas y gremiales. ( P.119)

 

8 Lo manifiesta Eduardo Gómez en la entrevista que la autora le hizo, pero también ella lo dice en varias partes de su texto. Ver pg. 212 y 213, entrevista a Eduardo Gómez.

 

9 Manual para desactivar el miedo a la reforma agraria. Episodio 2.  En YouTube:

https://www.youtube.com/watch?v=pATWb1mW4Yc&t=1811s

 

10 La dirigencia liberal y reformista tuvo un papel importante en su confrontación con el partido conservador, como lo hemos ilustrado desde el aporte de Pecaut. Pero luego de los años de la Violencia, al surgir el Frente Nacional, esas élites se plegaron a una política conservadora en el tema del campo y de la propiedad de la tierra. Los esfuerzos de Carlos Lleras y Alberto Lleras durante sus gobiernos, fracasan posteriormente. El poder terrateniente fuese liberal o conservador, impone la tradicional concentración de la tierra. Alfonso López Michelsen, realiza el “Pacto de Chicoral” con los grandes propietarios de la tierra, que sepulta hasta hoy el esfuerzo reformador. El gobierno de Gustavo Petro ha iniciado nuevamente el camino de la reforma agraria.

 

11 Videos realizados por Carlos Illera (Occidente) y Guillermo Pérez-Herinaldi Gómez (Crisálida), que tratan de la vida en barrios surgidos en el occidente de la ciudad después del terremoto: de una parte, jóvenes que luchan por sobrevivir en medio de la violencia y el abandono del Estado, pero que se proyectan críticamente desde la música y el baile, irrumpiendo en el sector histórico (Occidente); o mujeres que desde su liderazgo impulsan la organización para construir nuevos barrios, luego de salir de los inquilinatos existentes antes del terremoto.(Crisálida).

 

BIBLIOGRAFÍA

 

María Teresa Pérez. Barrio y vida urbana. Popayán. 1920-1983. Ed Universidad del Cauca. Popayán. 2022.

Versión digital en:

https://api.pageplace.de/preview/DT0400.9789587325782_A47713585/preview-9789587325782_A47713585.pdf

Daniel Pecaut. Orden y violencia. 1930-1953. Volumen I. Ed. Siglo XXI. Bogotá. 1987.

Sandra Patricia Navia. Modernidad en Popayán: debates estéticos, políticos y etnográficos que transformaron la dimensión cultural del territorio caucano. 1930-1953. año 2019.

Quintín Lame. Los pensamientos del indio que se educó en las selvas colombianas. Ed. Universidad del Cauca. Popayán. 2004.

Víctor Aragón. El despertar de los demonios. Ed. Universidad del Cauca. Popayán. 2023.

Felipe García Quintero. Tesis doctoral Identidad urbana y diferencia cultural. el estatuto colonial contemporáneo en Popayán. 2013)

Podcast “Manual para desactivar el miedo a la reforma agraria”. El historiador Álvaro Tirado Mejía explica en una entrevista con la periodista María Jimena Duzán, en

https://www.youtube.com/watch?v=8a5lJO8HC2A&t=1901s

 

Popayán

Julio de 2026

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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