viernes, 6 de enero de 2012

El Piano: el cuerpo como vértice de la existencia

 
 
 
EL PIANO: EL CUERPO COMO VÉRTICE DE LA EXISTENCIA
 
Por Guillermo Pérez La Rotta
Texto premiado en el concurso de crítica cinematográfica organizado por el Periódico: La Palabra.
Universidad del Valle. 1995








EL CUERPO Y EL CINE
La condición fundamental del cuerpo, su posibilidad de segregar una significación que conforma el proceso mismo de la intersubjetividad y la identidad, es particularmente revelada por el cine. Sencillamente porque dentro del espectro de lo visual, la interacción entre hombre y mundo aparece como un paradigma o fundamento de la creación. El relato cinematográfico siempre podrá sacar partido del cuerpo como un "habla" que propicia un drama de los sujetos. Para ahondar en el hecho semiológico repetidamente inaugurado por los cuerpos que viven el drama de la identidad, advertimos que en la película El Piano, de Jane Campion, Ada es muda. No hacemos esta apreciación porque lo verbal no sea a la vez una modulación del cuerpo. En realidad obedece a que podemos hacer más claramente inteligible al cuerpo, en el medio de una obra de arte que vuelve críticamente sobre los lenguajes -en este caso sobre lo que llamaríamos "los materiales de la expresión del cuerpo"- para así convertirse en el asombro que debe ser.

Pero no es sólo el cuerpo, sino el lugar que habita, la contextura física de un paisaje que no es nunca un espacio ocupado en abstracto, sino una corriente de "tópicos" que descubren la significación del cuerpo a la vez que son como investidos por él. Hay aquí pues, una doble atribución de significados que va del paisaje al cuerpo y de éste a aquel. Todo nos da la medida de lo que es el cine, de sus posibilidades como arte, y del poder simbólico que el director puede desplegar al trabajar las imágenes que son originalmente "analogía perceptiva". Estamos más allá de una trama sustentada en los diálogos, para centrarnos en una armonización de elementos visuales, verbales, gestuales, paisajísticos, fotográficos y sonoros que nos dirigen inteligentemente hacia la apreciación "fílmica" del relato, o si se quiere, hacia su disfrute como plenitud visual.

En el drama del cuerpo se teje, como siempre, el sentido espiritual que hay en la vida humana. Pero además, el cuerpo está desplegado explícitamente en el mundo en tanto que el piano y la música que suena por él, son ramajes de aquel, incrustaciones de lo subjetivo en lo objetivo. La verdad del cuerpo, su emanación en el piano, se hacen evidentes por un laborioso edificio de símbolos que el relato visual constituye como imagen externa de lo interno. De esta manera, los parlamentos aparecen fundidos en la contextura del cuerpo, y la correspondiente asunción del mismo por el relato visual, las palabras insisten, por así decirlo, en ser revelaciones del cuerpo.

LOS CARACTERES
Quizás a partir de la polaridad entre la caracterización de los personajes y su elaboración narrativa a lo largo del texto, podamos desarrollar la hipótesis que acabamos de formular. Este es un film en el que sobresale el estudio de los caracteres; la acción opera para entremezclar caracteres en unas relaciones de pasión y amor. La línea del relato, los momentos de tensión, los conflictos, van evolucionando para que los caracteres se profundicen lentamente. Nos aproximaremos primero al personaje de Ada quien hila unas complejas relaciones con los otros tres: su hija, Baines, y Stewart.



Al iniciar el relato, la autora esboza unas primeras líneas del texto de Ada integrando la voz en off con un primer plano de sus dedos cruzando el rostro: cerrazón que debe abrirse. Esas palabras nos acercan ya -aunque no lo sabemos de entrada- a la predilección por el mundo de Ada. Son palabras que conectan con el final de la película cuando recordará su piano, esa voz de sí misma, en el fondo del mar; parece que siempre ha estado oscilando -y esto se perfila al comprender el film como un todo- entre el silencio y el aislamiento, de una parte, y la vida en común que se redondea en el autosuficiente entorno del plano y su hija. Esta presentación de sí misma que hace Ada al inicio se remata cuando dice en off –y aquí su voz solo puede ser la pura voz de la conciencia- que no sabe porqué se ha quedado muda y que va a casarse por orden de su padre con un hombre que no conoce. Hay pues un sometimiento.

Pronto se enriquecen los signos de aquella negación, así como se réplica dialéctica que es una lucha por la supervivencia; el hecho de que Ada es llevada a una situación límite de vida o muerte y de que su acción modifica la situación. Así, como ser sometido que va a casarse con un desconocido, permite en primera instancia que la separen de su piano. Se trata de la extrema descripción fílmica de un desmembramiento del cuerpo, y con él de todo el ser. Desde unas altas rocas que inician el camino hacia la escarpada montaña Ada ve allá abajo su piano en la inmensidad de la playa: sencilla disposición de los planos que eleva las imágenes hacia un contenido espiritual. Los personajes, Ada y Stewart, su nuevo conyugue, acompañados de los nativos, suben penosamente la montaña, se adentran en un barro que transforma, y continuará en el film como presencia inestable y corrosiva que despierta de una forma surreal la percepción, como si las cosas tuvieran que podrirse para renovarse. Y aún más, el film confronta a la civilización victoriana y rígida -que aparece en muchos aspectos, entre otros, en el casting de Ada y en sus pesadas vestiduras que luego quitará deliciosamente Baines- con la primitiva exuberancia de la selva donde todo puede suceder, donde la psyque cambia y se diluye. Una toma aérea de la selva nos da la sensación de lo penoso de la distancia, de lo tupido del tejido que absorbe a Ada, ya lejos de la playa y de su piano.Pero ella volverá a la playa. Por lo pronto, en ese momento y en ese lugar se descubre la importancia del piano y la emocional captación de esa unidad -Ella y el piano- por parte de Baines, sugerida con sutileza por una cámara que exhibe a la vez las piernas de él caminando alrededor de ella -preludio del cortejo- y las manos de Ada sobre las teclas, tocando. A través del montaje se hace una elipsis que nos deja la sensación de un largo e intenso tiempo, de música y encuentro. Ada está feliz, pero no advierte que ha conmovido a un hombre que luego la estremecerá haciendo un giro en su vida.

Hagamos un alto en esta descripción del carácter de Ada para ilustrar la manera como se compenetra con los otros personajes. El iletrado Baines, al descubrir a esta mujer intentará acercarse a ella utilizando la avaricia capitalista de Stewart. Un iletrado que podrá relacionarse con ella sin la trabas de la pesada cultura victoriana, que conociendo la sencillez del lenguaje corporal, la hará exaltar buscando el orden soberano de la pasión. Pero igualmente creará con su amor las condiciones de la liberación de Ada, quien hasta ese momento de su existencia estará espiritualmente atada. Baines vive con los nativos y tiene la frente tatuada como ellos. Es primitivo y honesto. Habla con Ada y su piano en un proceso pausado que ofrece al film un ritmo de revelación; este factor opera como uno de la índices que atraen el interés del espectador; como buenos voyeuristas nos extasiamos ante la lenta seducción que ocurre cabalmente como encuentro de los cuerpos, y con el piano como elemento fundamental. Hay un erotismo donde la imaginación penetra hondamente los valores táctiles y musicales del cuerpo. Y en ese proceso vemos como Baines va despojando lentamente a Ada de su pesada vestidura victoriana que encarna la rigidez y la castración. Desde tocar con un dedo el pequeño roto de una media de Ada, hasta la cálida escena de Baines desnudo limpiando y tocando amorosamente el piano. Voluptuosidad ingenua, comunicación del cuerpo que se continúa, rigiendo el conflicto y la pasión de los personajes, cuando se hace la transacción de una tecla por cada "lección" de piano, y finalmente, cuando ella envía un mensaje de amor en una tecla, pero es interceptado por los celos de la hija, quien lo entrega a Stewart.

En dramático contraste con Baines, Stewart aparece desde el principio como hombre que, en tanto se casa por conveniencia, establece una relación puramente contractual en la que lógicamente sobresale como amo. Pero esto es explicitado naturalmente en una situación con el cuerpo, que para él está como ausente: tiene tal seguridad e inercia en su matrimonio, que sólo se despertará pasionalmente por obra de los celos. Le han quitado una cosa que era suya. Por eso mismo el signo visual y corporal de la recaptura de Ada, es el acecho animal a través de un bosque enmarañado, como si el rapaz diera zarpazos para coger a la presa; allí contrasta acremente el vestido de Ada con el ramaje de la boscosa región. Es -consecuente con la condición de intrumento que para él es Ada-, el encierro como castigo y acción para que no se vea con Baines, y finalmente frente a una situación límite -la niña le ha entregado la tecla en donde Ada declara su "" a Baines-, es el cercenamiento de un dedo que, bien lo sabe él, sirve para tocar el piano con el que encantó a Baines y que es una extensión de su ser.

Stewart es un animal de presa -muy propio de la cultura imperialista inglesa- que toma lo suyo sin hacer intervenir nada más que una cortante garra que va hacia el dinero o la cosa. En tanto Ada es finalmente mercancía -y por ello le perderá, en tanto no pudo "verla" y "sentirla"-, podrá "dividirla" y entregar el piano a Baines como quien separa un quintal de papa para la venta de otro para el consumo. Al estar castrado como ser sensible para el cortejo y su posible sutileza, no podrá lograr el amor, aún a pesar del esfuerzo de Ada. Todo es vano porque se hace desde una ceguera fundamental, desde una ausencia del cuerpo como vida y espíritu. Entre ellos solo había un contrato. Stewart cercena doblemente a Ada, tacha su identidad, diluye su yo, al quitarle primero el piano y luego su dedo.



La hija de Ada representa un papel importante. De una parte la caracterización de la mujer está constituida para nosotros como una especie de "unidad" con su hija. Por ello la niña aparece en varios momentos como intérprete; las dos han crecido en un mundo de comunicación que nos recuerda algo primordial, una especie de nido maternal, y dentro de él, cierta indiferenciación de ambas. Mientras en el inicio Ada habla de sí, vemos imágenes en la que una niña patina -aún no sabemos que es su hija- y luego aquella la atiende, de modo que son madre e hija. Luego en la carpita, allí junto al mar, juegan fantasiosamente y sabemos que hay un mundo de signos que enlaza a la una y la otra. La niña afirma: "no le diré papá" -a Stewart-. Y está conforme con la fría relación que el señor propone. ¿Qué más podría pedir? Nos entrega un dato ambiguo y fantasioso que revela la ligazón con la madre: ella es muda porque no pudo realizar el amor con su padre. Pero allí está ella para suplir su carencia. Dentro de su caracterización, la niña permitirá que Stewart se entere de la declaración amorosa que Ada hace a Baines, en la tecla que la envía con su hija.


DRAMA DE IDENTIDAD Y RECONOCIMIENTO




La conflictiva relación entre Stewart, Ada y Baines pone en evidencia un drama intersubjetivo que se realiza por y en el cuerpo. Se trata de negarlo o integrarlo, y con ello lo que se tacha o exalta es al hombre, y a Ada en particular. El enfoque que proponemos está anudado a lo largo de todo el film. Sus indicios más fuertes, los momentos en que el relato reverbera simbólicamente y se amarra firmemente, son por lo menos dos: la secuencia final y la aliteración del cercenamiento del dedo de Ada. Analicemos brevemente esto último para retornar al tema de la secuencia final. El relato introduce en cierto momento un implante preparado para crear luego un efecto simbólico. Es la obra teatral que los ingleses preparan. Cuando finalmente esta obra es representada, podemos entrever con toda su fuerza lo que la directora quiere decirnos acerca de la diferencia y conflicto entre dos culturas, la victoriana inglesa y la de los nativos neozelandeses. El nativo vive aún en el animismo y por ello no distingue entre la representación ficticia y la realidad. Ese animismo es aquí comunicación de los seres por obra del cuerpo. Así, al ver al nativo en las sombras chinescas, que un "esposo" mata a su esposa con un cuchillo, salta hacia el escenario para atacar a quien osó matar a la mujer. Desde su animismo se manifiesta un natural respeto por el cuerpo. Finalmente los nativos no tienen por allá perdido al cuerpo, como sí ocurre en la cultura occidental que divide al hombre entre la carne y el espíritu. Por ello aquellos nativos pueden hablar con una exquisita naturalidad de que Baines necesita una mujer que no deje ese pene sin uso, mientras se bañan en un río con él. Y es desde lo que ha podido conquistar el iletrado Baines con aquellos nativos, como puede "ver" y "sentir" a Ada, desatarla y abrirla a un mundo de luz que se expresa en un intento de "hablar" y salir de la mudez, para integrar su ser hasta donde ello es posible, dentro de un juego de tendencias tanáticas y eróticas.

De otro lado, la secuencia final anuda simbólicamente el todo del film. Parece que Ada repite en diferentes sucesos, algo atávico que la hunde en el silencio, en una muerte virtual que añora. La vimos morir entre la lluvia cuando Stewart le ha cortado hace unos instantes el dedo. Pero así como él termina de matarla, antes, en lo atávico de su propia existencia, nos habría entregado una predilección por el silencio y la muerte. Eso lo podemos deducir del análisis del film como un todo y de lo que se explicita en la ausencia final. Desde su nueva vida, oímos otra vez -como cerrando el ciclo de la voz de la conciencia que empezó a hablar de sí misma- su voz en off entretejida con la imagen del piano en el fondo del mar amarrado a su cuerpo; evoca el mundo de silencio en el mar donde yace su piano como algo entrañable que murió con un trozo de su ser. Pero es que ella buscó esa posible muerte cuando puso el pie en la soga que velozmente se desenrollaba; sólo que, como bien lo dice, su ser sorpresivamente eligió una vez más la vida. Su tendencia tanática es finalmente vencida -no absolutamente, todo film profundo deja al espectador con la sensación misma de la ambigüedad de la existencia humana- por una promesa que proviene de la sensibilidad que ha despertado Baines en ella. Así, Ada oscila entre el aislamiento, la muerte, y un acercamiento a los seres que abre su propio ser. Y será, acunada por una originaria predilección por el silencio –pues al final, ella tiene una negra tela en su cabeza- desde donde buscará a tientas las palabras, como si el mundo volviera a descubrirse en un gesto infantil de fervor por la existencia y las cosas que mentan las palabras. Por algo será que mientras Ada aprende a hablar, la hija gira con su cuerpo como una flor abierta a la luz.

3 comentarios:

  1. Guillermo, estoy de acuerdo con tu análisis filosófico del argumento de 'El Piano', de Jane Champion. No obstante, debo confesarte que a mí no me gustó nada esa película. Es verdad que la intención de la directora debió ser desarrollar la temática que tú indicas, pero la forma de hacerlo me pareció totalmente equivocada. La historia o trama que se narra no se sostiene ni con alfileres, y sobre todo, aparte de resultar bastante inverosímil que alguien de un lugar perdido de Nueva Guinea, a principios del siglo XIX, tuviese un piano de cola -casualmente un Yamaha igual que el mío- en su casa (probablemente ese tipo de pianos aún no existían por aquel entonces, porque no se habían inventado), menos creíble resulta que tocase todo el tiempo música de Michael Nyman, un compositor del siglo XX. Por otro lado, aparte de la pésima dirección de actores y actrices de que hace gala este film (todos los personajes sobreactúan), la pretenciosa secuencia final bajo las aguas del Pacífico me parece absolutamente demencial y sin sentido.

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    1. Saludos Juan, no había podido responderte, pues estaba con muchas tareas.
      Agradezco tu comentario. No creo que la historia no se sotenga, ni creo que los actores sobreactúen; son en todo caso opiniones, que tendrían que confrontarse con argumentos. Lo del piano Yamaha y la musica débil, lo comparto contigo.Creo que la historia de estos personajes, y su expresión visual, es un logro de la directora.
      El delirio de ese piano en el fondo del mar, que casi arrastra a la muerte a la mujer, hace parte de una visión simbólica, admisible dentro de cierto género de cine. Es delirante, pero eso no me parece un aspecto negativo, sino postivo. Pa ra mí sí tine sentido, en tanto muestra la delgada frontera entre la vida y la muerte, y la opción por la primera.Y ello en el contexto del ser del personaje fmenino de Ada. Demencial, si, pero sin sentido, no.
      En todo caso, lo que yo vi en el filme se sustenta en la historia contada, pero es solo una interpretación, que puede ir más allá del texto con cierto énfasis. Se trata de la cuestión dificil de lo que uno ve y entiende en un filme, apoyándose en la historia y poniendo cosas de uno. Simepre es así. Por eso me gusta lo que dices, además de que nos permite conversar desde tan lejos, sobre algo que vimos y sentimos de formas diferentes.
      Recibe un saludos muy especial,
      Guillermo

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  2. Gracias por el análisis que hace de esta película; tan profundo y sutil como cada una de la hebras que la componen.Si me permite la comparto con los asistentes del Taller Literario que coordino, con quienes la disfrutamos y recreamos en textos de todo tipo.
    Un saludo afectuoso desde San Luis, Argentina.

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